Se asoma la primera luz. Es lunes. Afuera ya el tránsito brama como un animal gigante que se arrastra por el asfalto olisqueando a punta de rugidos y pitazos.
“De vuelta a la realidad” escribe una amiga. Me extraña. Yo nunca salí de la realidad en estos días. A menos que estuviera durmiendo y soñando con grandes inundaciones, con disparos, con manejar, con volar, con el mar, con sexo, con viajes, con música… pero apenas abría los ojos ya estaba en esta realidad sin ningún remedio.
En estos días de asueto anduve por varias partes de la ciudad. Ya se siente que la edad es larga cuando en cada rincón que pisas hay un recuerdo impregnado. “Acá nos encontramos para salir a aquel viaje”, “allá vivía mi amigo que ahora vive en Canarias”, “en esta esquina nos reuníamos a perder el tiempo”. Cada espacio citadino se fue llenando de aromas como el que percibe el perro orinando en su árbol. También es un álbum de barajitas casi lleno: para casi cada rincón hay una barajita asignada de afecto o rechazo, de recuerdo grato o infeliz. Mi ciudad que ha estado siempre allí toda mi vida, rugiente de tránsito, me luce como una colección de memorias. Todavía puedo hacer el ejercicio de asomarme a mis ojos de niño cuando veía ingenuo esta ciudad grande de mi infancia y me parecía infinita.
Me pongo viejo pero he sido un viejito toda mi vida. Esa ha sido la trampa que reservó el destino para mí. Esa y la de equilibrarme cada gran alegría con una gran tristeza.
Me consigo entonces, ahora, con lugares reinventados, cambiados, desaparecidos. Es como el alma, en la cual algunas partes mueren, otras se renuevan, otras mutan, pero sigue latiendo porque no le queda otra cosa que latir.
Recuerdo mirar al cielo desde la grama de un zoológico con una novia etérea a mi lado, angustiado de futuro y también recuerdo cuando miraba el sobrevuelo de los aviones desde el CCCT deseando trascender y flotar como esos aeroplanos rasantes teñidos de atardeceres. Añoro, también cosas de los años, el tiempo largo e impreciso de esos días. Todo el tiempo que viví antes de la primera rabia. Lo añoro.
Pero de esos días me traigo hasta este sol la misma angustia adolescente. El futuro todavía me ennegrece los sueños. El presente no, al contrario, el presente es lo único hermoso que llena mis horas. Certifico aquello de que vivir el ahora es lo único importante… pero mi vejez prematura me hace mirar por encima del Ávila y mi imaginación sobreviviente me dibuja consciente o inconscientemente cuadros difíciles.
La realidad me sigue afeando los rincones. Los del alma y los de la ciudad. Todavía guardo la sensación de la grama en mi espalda y del infinito frente a mi pecho, de aquel zoológico besado, hormonal, donde no tenía dinero, ni título, ni experiencia. El olor de ese verde me persigue y todavía llena mi nariz. Aroma de árbol canino.
A veces cuando camino hago equilibrio como en una cuerda floja imaginaria. Ese truco es uno de los que más duramente me ha enseñado la realidad. Eso es, desde la primera hora hasta el último segundo, la vida. Una cuerda floja.
“De vuelta a la realidad” escribe una amiga. Me extraña. Yo nunca salí de la realidad en estos días. A menos que estuviera durmiendo y soñando con grandes inundaciones, con disparos, con manejar, con volar, con el mar, con sexo, con viajes, con música… pero apenas abría los ojos ya estaba en esta realidad sin ningún remedio.
En estos días de asueto anduve por varias partes de la ciudad. Ya se siente que la edad es larga cuando en cada rincón que pisas hay un recuerdo impregnado. “Acá nos encontramos para salir a aquel viaje”, “allá vivía mi amigo que ahora vive en Canarias”, “en esta esquina nos reuníamos a perder el tiempo”. Cada espacio citadino se fue llenando de aromas como el que percibe el perro orinando en su árbol. También es un álbum de barajitas casi lleno: para casi cada rincón hay una barajita asignada de afecto o rechazo, de recuerdo grato o infeliz. Mi ciudad que ha estado siempre allí toda mi vida, rugiente de tránsito, me luce como una colección de memorias. Todavía puedo hacer el ejercicio de asomarme a mis ojos de niño cuando veía ingenuo esta ciudad grande de mi infancia y me parecía infinita.
Me pongo viejo pero he sido un viejito toda mi vida. Esa ha sido la trampa que reservó el destino para mí. Esa y la de equilibrarme cada gran alegría con una gran tristeza.
Me consigo entonces, ahora, con lugares reinventados, cambiados, desaparecidos. Es como el alma, en la cual algunas partes mueren, otras se renuevan, otras mutan, pero sigue latiendo porque no le queda otra cosa que latir.
Recuerdo mirar al cielo desde la grama de un zoológico con una novia etérea a mi lado, angustiado de futuro y también recuerdo cuando miraba el sobrevuelo de los aviones desde el CCCT deseando trascender y flotar como esos aeroplanos rasantes teñidos de atardeceres. Añoro, también cosas de los años, el tiempo largo e impreciso de esos días. Todo el tiempo que viví antes de la primera rabia. Lo añoro.
Pero de esos días me traigo hasta este sol la misma angustia adolescente. El futuro todavía me ennegrece los sueños. El presente no, al contrario, el presente es lo único hermoso que llena mis horas. Certifico aquello de que vivir el ahora es lo único importante… pero mi vejez prematura me hace mirar por encima del Ávila y mi imaginación sobreviviente me dibuja consciente o inconscientemente cuadros difíciles.
La realidad me sigue afeando los rincones. Los del alma y los de la ciudad. Todavía guardo la sensación de la grama en mi espalda y del infinito frente a mi pecho, de aquel zoológico besado, hormonal, donde no tenía dinero, ni título, ni experiencia. El olor de ese verde me persigue y todavía llena mi nariz. Aroma de árbol canino.
A veces cuando camino hago equilibrio como en una cuerda floja imaginaria. Ese truco es uno de los que más duramente me ha enseñado la realidad. Eso es, desde la primera hora hasta el último segundo, la vida. Una cuerda floja.








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