El palacio consta del Salón Camembert cuyo color celeste es de reciente data, tiene ornamento rococó y mobiliario desbalanceado. La Sala Patricia, más modesta y calurosa, perdón, templada, de paredes color mostaza pálido con escasos muebles. El Gran Salón, lugar de encuentros y desencuentros, de visitas y del Visito, de juegos y de gritos. También está la cocina real y el baño palaciego.
Allí vive y manda una Reina caprichosa y jactanciosa como corresponde a cualquier ser de la realeza. Ella impone la temperatura del clima y rechaza cualquier presencia animal en los amplios salones de su palacio. Le gusta mantener sus espacios iluminados y cálidos, para ello enciende todas las TV de sangre azul toda la tarde y por las noches aunque no se siente en sus sofás Luis XV a verlas y también ordena comprar pesados cortinajes holandeses y gruesas alfombras persas para suavizar su paso y además recalentar más el ambiente gélido pero señorial del Gran Salón. Tiene de adorno muchos ingenios traídos de países remotos cuyo uso y utilidad desconoce pero le complace amontonarlos y cuidarlos para que siempre parezcan nuevos.
La Reina manda desde su altura, compra y regala, pero todo obsequio es anotado en un Libro Gris al cual apela en presencia de cualquier disensión para recordar lo comprado y juzgar de ingratos a todos aquellos destinatarios de sus objetos.
El Visito se encarga de los arreglos del palacio. Es un personaje místico y misterioso, acusado de mentiroso y mujeriego, repara sin cobrar, remodela sin financiar, come en la mesa real y se dice entre los moradores del pueblo que tiene amores con la Reina. Lo que si se le conoce con certeza es su habilidad chismosa, su descuido al custodiar bienes patrimoniales pueblerinos y su tenacidad para hablar con la Reina una veintena de veces al día por cualquier medio telefónico a la mano cuando él se encuentra fuera de palacio.
Los Moradores somos mi pareja y yo. Pasamos en silencio por los salones, apagando luces o televisores. Pagamos las cuentas reales, surtimos de alimentos las alacenas y procuramos guardar silencios respetuosos ante la presencia de la Reina. Somos acusados de desaseados si dejamos pasar más de 5 minutos algún plato de la vajilla real en el fregador palatino, o de desordenados si dejamos fuera de la nevera barroca alguna fruta más de 30 segundos mientras buscamos el cuchillo para cortarla. Claro que la Reina es una invocación divina, así que todo lo que ella diga tiene que ser cierto y nosotros, los moradores, debemos aceptar humildes sus pesadas recriminaciones sobre cualquier asunto del Palacio de Versalles que el Rey adquirió para ella hace muchos años, incluso antes de las Cruzadas. Hace tanto tiempo que ella olvidó que no fue quien lo compró.
Aunque desechemos las bolsas de basura cortesana un palmo antes de que se llenen y mantengamos siempre ordenado el rincón de juego del niño real, nuestro sino es el del pueblerino y toda cosa mala que ocurra en el Palacio se nos achacará sin miramientos, se nos tratará como intrusos que perturbamos una soledad espaciosa y resentida que se hará más profunda el día que nos vayamos, porque nuestra vista apunta a un horizonte lejano pero no imposible: mudarnos a vivir en un modesto castillo condal donde por lo menos se nos permita comentar la temperatura verdadera de la sala y podamos dejar dormir un plato sucio y criar un perro o un gato que llene las salas con su presencia vasalla.
Los sueños del pueblo.







