A nadie le gusta la democracia, ¡qué va! Desde el mismo momento en que usted a su hijito tremendo le dice que tiene que dormirse ¡porque sí!, ejerce el principio fundamental y categórico de la dictadura directa, sin ambages.
A ese mismo niño o niña usted le enseña las primeras reglas para manejar los conflictos, lo cual usualmente transcurre de la siguiente manera: “Si te pegó dile que no te pegue” (negociación pasiva), un poco más tarde “¿Te volvió a pegar?, entonces dile a la maestra para que le diga que no te pegue” (negociación pasiva delegada), luego “¿¡Otra vez te pegó!? Entonces ¡devuélvele su carajazo!” (violencia activa).
El niño o niña, para no correr el riesgo de ser tachado por sus contemporáneos, o peor aún por los adultos, de débil o de chismoso, termina ahorrándose el tema de las negociaciones, las cuales requieren de conversaciones riesgosas (riesgo de que te vuelvan a dar tu trancazo si te acercas a dialogar) y elaboradas, o peor aún, de la participación de un adulto quien, por lo general, no tiene idea de la razón del conflicto infantil.
Más fácil es irse directo al carajazo. ¡Pum!. Luego se aprende a preceder el golpe con unos gritos de advertencia como para aliviar la conciencia. “Yo te avisé”. Tal cual como hacen luego de adultos.
Luego de eso el niño o la niña une entre sus ideas el concepto del “porque sí” adulto y la solución fácil del golpe y el grito, el resultado es entonces una personita que comienza a disfrutar de imponer sus ideas porque sí con facilidad para gritar y golpear a quien no esté de acuerdo.
Cuando nos hacemos adultos entonces cargamos el doble paquete de no saber manejar los conflictos salvo por la vía de la huída “digna” o de la golpiza (sea física o verbal o ambas). A nadie le gusta la democracia pues significa primero tener que hablar mucho delante de otros, escribir, explicarse y dar ejemplos y segundo requiere de conflictos que, por razones de apariencia, no pueden ser resueltos a pescozada limpia… al menos no mientras no se encuentra (o inventa) una buena excusa para ello.
Al político, quien proviene de exactamente de la misma escuelita casera para manejar conflictos, amante del poder, de la figuración, del liderazgo… y del dinero, por supuesto, este desagrado por la democracia se potencia aún más pues las opiniones diversas, la presencia de otros niños, perdón, políticos que pongan en riesgo su imagen (es decir su dinero, su poder y sus votos) es una molestia mayúscula e inaceptable.
Al contrario, siempre el político es seducido por el disfrute infantil de imponer sus ideas a punta de bofetadas, y en nuestro país, donde querer ser siempre el más arrecho o la más arrecha es una práctica cultural común que produce casi tanto placer como el sexo, el alcohol o las drogas, ningún político o política se salva en sus actuaciones públicas o privadas de ser un dictador en mente y espíritu aunque hable, grite, escriba y jure sobre cien biblias que es un "perfecto demócrata defensor de igualdades y libertades"
Piénsalo bien antes de adorar a aquellas figuras públicas de la política a quienes "tu opinión interesa"







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