Musicancia

Al salón se le podía entrar de dos maneras.

Por la parte delantera, luego de caminar todo el pasillo final repleto de salones, laboratorios, escaleras y baños. A mano izquierda justo antes de entrar al salón quedaba mi mayor refugio infantil y luego adolescente: la oficina de mis padres. Todavía sueño con eso y revivo la sensación de abrigo emanando de esa oficina.

La entrada trasera del salón venía del estacionamiento y atravesaba un pequeño despacho casi siempre lleno de instrumentos musicales junto con sus instrumentistas hablando, rasgando, soplando o golpeando. Siempre riendo. Es que la risa de un músico cuando está haciendo su música es la música en sí misma.

Todo eso lo viví siendo enano y cantando. Los músicos instrumentistas de la estudiantina me parecían una cofradía aparte, de “mayores”, cómplices de chistes que yo nunca entendí y poseedores de secretos indescifrables.

Lo mío era al tumulto del coro, la cháchara, la división por cuerdas, el piano aporreado del director, la guachafita de los bajos y tenores, el ventilador jubilado del techo y las canciones, todas las canciones: los madrigales, las parrandas, las gaitas, los cantos sacros y los profanos, los temas brasileros y los que eran en latín.

Esas horas de viernes en la tarde eran sagradas. Las notas que allí cantamos juntos todavía me retumban en el espíritu y me emocionan. Recuerdo que por entonces ya había aprendido a tocar el cuatro y a él lo convertí en mi escudo y mi llave. Mucha gente conocí y divertí haciendo temas de Serenata y de Gualberto.

También esos días me acercaron a la percusión acompañando con simplicidad “Bella que tienes mi alma” con una pandereta sin platillitos.

Los conciertos eran momentos de gozo y poco estrés. ¿Quién se estresa a esa edad? Hasta me tocó dirigir una vez, azuzado por el coro, una presentación en el Teatro Altamira (que hoy no existe), utilizando un palito de chupeta como batuta. Luego de graduarme, el director del coro pasó años enseñándole a sus nuevos coralistas que eso que yo hice NO SE DEBÍA HACER.

Pero salió bien. La música, cuando es amada, siempre sale bien.

Esos ratos son mi tesoro. Esos de negras y blancas, de puntillos y silencios. Ellos me permitieron sentirme vivo más allá de la lectura y los deportes que también disfrutaba. Esos ratos de música me oxigenaron la universidad y el trabajo, repletos de leones sordos.

Esa música me sigue manteniendo con un cable a nube por exceso de tierra.

0 comentarios: