Todo comienza en esos momentos en la intimidad familiar cuando chupándote tu gran dedo y queriendo meter el otro en una toma eléctrica, una voz desde las alturas (papá o mamá) te increpa: ¡sácate el dedo de la boca y no metas el dedo ahí! A lo cual, si uno es persistente, le sigue un solo manotón por el cogote, ¡paf!, que te hace tambalear peligrosamente. Ese es un marketing directo cuyo mensaje es reforzado con un poco de dolor y violencia. Pero si todavía eres lo suficientemente terco como para meter el famoso dedo, el mensaje se ve fijado exitosamente en tu cerebro gracias al sacudón de electrones que recorre desagradablemente tu cuerpo a lo cual se suman nuevos trancazos propinados por mami o papi.
De allí, pasando por las caídas raspa codos o raspa rodillas, las derramadas de sopa, etcétera, comienzas a asumir las advertencias que te dicen que esto es malo y aquello también como “santas palabras”. Es cuando tu mente se convierte en terreno fértil y virgen para el marketing, el cual no te habla de cosas malas sino que te presenta las cosas “buenas” para que las compres, consumas, uses, busques, llores, implores, oigas, luzcas.
¡Ah! y entonces esas voces desde las alturas que te dicen que esto y lo otro es malo también comienzan a limitarte tu acceso a las cosas buenas que ofrece el marketing o a cometer la osadía de decir que ciertas cosas de esas no son tan buenas como asegura el marketing. ¡Oh conflicto de los conflictos!, Papi y Mami vs El Marketing.
"Bueno mijo, pruebe para ver”, nos dicen los amigos o algún tío medio alcahueto, en esa edad en la cual ya las voces de lo alto no están tan altas. Allí es donde y cuando yo digo, entra la decisión de uno mismo, el aprender que esto es bueno o que aquello otro es malo, por la propia experiencia o por la propia información que uno maneje sobre las cosas.
Echarle la culpa al marketing de que uno muera por un tipo de zapatos, prefiera las donas a las naiboas, coma cotufas y tome refrescos cuando va al cine… es lo más fácil del mundo, pero la verdad es que dentro de cada uno de nosotros cohabitan unas fuerzas que nos hacen decidir por nosotros mismos si preferimos una cosa o la otra.
Si usted sabe perfectamente quien es Juanes y paga 300 mil por una entrada para verlo pero ignora quién es por ejemplo Edwin Arellano, no ha comprado ningún disco de él y no paga ni 20 Bs para verlo tocar ¿de quién es la culpa? ¿Del marketing?
En mi época el marketing dictaminaba que debía adorar a Reo Speedwagon, Queen, Iron Maiden. Del tiro poco recuerdo de que el marketing nombrara artistas latinoamericanos. Mi entorno “amigos” y luego universitario establecía que debía considerar algo marginal a la música venezolana y preferir el rock. Cuando mucho el rock en español. Música clásica ni olerla. Vallenato y tuyero música de baja categoría para gente “de barrio”. Mejor visto era escuchar el último grito en changa, los merengues comerciales y la salsa rubenbladesiana. Eso sólo para hablar de la música.
Por alguna razón y gracias al constante cuestionamiento al marketing que heredé de mis padres, aprendí a “saltarme“ los dictámenes del mercadeo e incluso los gustos de mis propios viejos para seleccionar lo que me gustara a mí, le gustara o no a mi entorno. Lo que me produjera gusto artístico a mí, aunque en la TV, Amador Bendayán, presentara cien veces como lo mejor del mundo a cualquier otro tipo o agrupación, generalmente, sobre todo en los tiempos más recientes, extranjeros.
Así decidí escuchar y disfrutar Beethoven, Mozart y Tchaikovski sin rollos, pero también a Freddie Mercury, a Toto y a Foreigner sin apasionamientoa. También escuché a Serenata Guayanesa, Hernán Gamboa, Alí Primera, Soledad Bravo, Hugo Blanco y Un Solo Pueblo, con quienes si me enamoré con pasión de la música venezolana. Poco escuché de Jazz y de música del Brasil, de las cuales me vine a deleitar mucho más tarde. Mucho más difícil, gracias al marketing, se me ha hecho apreciar el joropo tuyero o entender que el vallenato no comercial si suena a pueblo. No comercial. Esa es la clave, si lo asumes, para experimentar dos realidades: pasar a convertirte en rareza y lograr disfrutar de verdadera música (y arte) de calidad.
La culpa es del marketing. Si. En buena parte. Pero también es tuya sino utilizas todos las herramientas que existen hoy en día para aprender, mejor dicho, DECIDIR querer a tu país y a su música y su cultura pasándole por encima (por debajo también vale) del marketing. Comienza por averiguar quiénes son los tuyos y qué hacen. Ya de Juanes, Lady Gaga y David Bisbal lo sabes todo ¿verdad?






2 comentarios:
Qué genial lo que escribiste. Al márketing no le importa como sos o qué pensás, y justo yo me topo con esto que soy estudiante de diseño gráfico y publicidad.
Saludos.
Fabrizio Barrera.
Gracias Fabrizio! Un fuerte abrazo!
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