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Escribiendo sobre política: la democracia y las elecciones

El político, junto con otros como él deseosos de ser funcionarios públicos, es decir, de mandar sobre un montón de gente bajo la excusa (a veces cierta) de querer ayudar, inventó un sistema mediante el cual ese mandato pudiera ser aceptable para ese mismo montón de gente: la democracia y su instrumento más notable: las elecciones.

Como el cuento del huevo y de la gallina no se sabe quien habrá organizado las primeras elecciones pues es históricamente reconocido que quien organiza un evento así tiene ventaja (“quien parte y reparte…”). Sin embargo la cosa fue calando en los países porque permitía pues en una forma más o menos transparente saber quien era el preferido entre un grupo de candidatos a ser el mandamás.

Los dictadores, políticos convencidos enfermizamente de que sólo ellos pueden mandar mejor que nadie, se enfrentaron a dicho sistema al principio. Luego crearon el plebiscito como una manera de legitimar su permanencia en el poder con mayorías supuestas en las elecciones y posteriormente evolucionaron hacia la colocación de títeres políticos ganadores de elecciones forzadas para seguir mandando a la sombra del mando. Muchos fueron exitosos por mucho tiempo…demasiado tiempo.

Los políticos llamados demócratas hicieron exactamente lo mismo que los dictadores, con la diferencia de que su convencimiento de ser mejores que nadie la ocultaban bajo agendas diplomáticas, cabildeo (también llamado lobby) y más tarde acuerdos o alianzas, bajo cuerda, sobre cuerda o hasta sin la cuerda. Desarrollaron políticos títeres con la denominación de partidos políticos, ideologías, Republicanos, Demócratas, Federales, Social Cristianos, liberales, Socialistas, etcétera. Todos con líneas partidistas que no son más que hilos conductores.

Estos políticos llamados demócratas, como vimos en el artículo anterior, usaron su dinero y contactos entonces para asegurarse de tener la imagen más vendible entre los votantes para que se muestre una tendencia mayoritaria por su opción en las encuestas para consumo de opiniones públicas. Amén de eso y dependiendo del caso también se aplicaron a: financiar encuestadoras, trampear urnas, lavarle la mano a jueces o a militares, botar material electoral, inventar cédulas de identidad falsas, etcétera.

Con el paso del tiempo los políticos descubrieron que la fórmula más sencilla y rentable para mantenerse en el poder era la de “los pactos” con los contrincantes políticos y sus fuerzas motoras (financieras, mediáticas, eclesiásticas, militares…y en algunos casos narcotraficantes o mafiosas) dejando tranquilo el mecanismo de elecciones, ya que ganara quien ganara el pacto del momento se imponía manteniendo a la misma gente en los mismos lugares sin acusarse demasiado unos con otros.

El problema moderno que sobrevino por la política pactante es que al dejar la herramienta de las elecciones demasiado “suelta” y no proseguir con el control férreo de la “transparencia” de sus resultados, comenzaron a colarse otros políticos en los puestos de poder, quienes sí venían dispuestos a acusar un poco más y a tratar de imponer sus propios pactos. Otros distintos a los imperantes, pero pactos al fin.

Esa tendencia se volvió constante y puso a los políticos a mirarse sus propias barbas para entender su desplazamiento del poder y a inventar términos modernos para excusar la pérdida de sus espacios naturales de acción. Términos como “dictadura de mayorías” para revertir el principio básico de la herramienta democrática que dice que la “mayoría gana” en unas elecciones (principio inventado por ellos mismos). Claro. Sirve hasta que no les es favorable. También se inclinan, en esta política contemporánea, a cubrir de acusaciones al adversario (además de las naturales que le corresponden a cualquier político) inyectando la idea de que aunque sacó la mayoría de votos el tipo es “ilegítimo” por sus acciones (es decir por usar un pacto distinto al aceptado anteriormente)

La cosa se entrampa entonces pues el círculo de políticos presiona a cualquiera que gane una elección a mantenerse en el “mismo sendero”, es decir, respetando el pacto de poder. Si el político electo está sintonizado con el pacto puede llegar hasta el final hasta vivo y todo, pero si no, entonces la presión se agiganta y las etiquetas de “dictadura de mayorías” (si el tipo es muy popular), “legítimo pero deslegitimado” (para obviar la mayoría votante) y finalmente el coco más popular “dictador” (para justificar golpes, violencia e intervenciones) hacen su aparición en la escena de la opinión pública hasta que se reduce al revoltoso (por la vía cómoda de la asonada o por la espinosa del juicio, legítimo o montado. Depende del grado de impaciencia) y se reimpone el pacto como si nada mientras que sus escribientes alimentan con cada vez más horrorosas leyendas lo diabólico que era el “dictador” depuesto.

Entonces viene la pregunta final ¿Quién debe gobernar un país, quien tenga mayor apoyo popular o quien se apegue mejor al pacto reinante entre poderes?

Sobre si en la respuesta a esa pregunta ganamos algo los no políticos podemos hablar en otro artículo.

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Verdad verdadera...

A nadie le gusta escuchar o leer la verdad verdadera, esa hiriente, dolorosa, ardiente, incontestable. Dura, durísima a nivel insoportable para los leves y pasajeros seres humanos que somos.

Preferimos refugiarnos en excusas manidas, en rehuídas, en “no quiero saber” o “no me hables más” para evitar el terrible trancazo en las creencias o en el amor propio que produce la revelación de la verdadera verdad sobre algo.

Al pirata de sistemas que nunca arregla nada de las computadoras de la oficina preferimos decirle (porque es buena gente) que “debe prepararse un poco más” o que “será que necesitas una ayuda” a revelarle la verdad verdadera: “amigo, eres un pirata, no sabes lo que haces así que aléjate de mis PC y dedícate a criar perros

Cuando una relación se termina se apela al “no eres tu soy yo” o “hay otra persona” o al “ no estoy listo para una relación” en lugar de explicar: “mira, lo que pasa es que viéndote bien eres como muy feo para andar conmigo”, “no me gusta tu olor”, “no me das nota, eres aburrida” o “eres muy pacata (o pacato)” o más sinceramente aún: “mira, lo que pasa es que yo soy un inseguro patológico, un tipo inmaduro que todavía no supera los 9 años en su edad mental, mis relaciones son enfermizas por mi cuadro familiar disfuncional y de paso soy celópata y machista virulento por lo cual ni pensar en verme con un psicólogo

Me hace recordar el caso de una de repartición de los CD de un grupo musical con un corro de participantes pidiendo su montonzote de discos sin acordarse de que la verdad verdadera es que si acaso le tocaba a cada uno de ellos dos disquitos y medio para la comparativamente poquísima cantidad de trabajo y tiempo que dedicaron al disco en sí. Pero el humano es así, rehúye a la verdad verdadera hasta el punto de negarla o hasta contradecirla.

En la política sucede igual, es más sabroso el insulto pesado, la burla, la denigración, descalificar y sectorizarse, a reconocer los hitos verdaderos de la realidad circundante. Por ejemplo, en nuestra tierra, la verdad verdadera es que el actual presidente es un tipo con un gran carisma, enorme, lo cual lo convierte en un polo que atrae odios extremos pero también amores extremos. Eso es lo que produce el carisma sobre todo en figuras políticas o de mucha fama: seguidores y detractores. Esa cualidad hace convertirse a este militar que hace política en un Pop Star (como le dicen algunos buenos amigos blogueros), pero ello viene dado por sus amantes o sus enemigos por esa cualidad intangible que es el carisma, más allá de sus logros o fracasos o de sus intenciones. La verdad verdadera es que se produce como fenómeno en una sociedad falta de carismas actuantes sino sólo figurantes (estrellas de novela, cantantes, misses, locutores chistosos, chismosos, etcétera) y algunos músicos y deportistas cuyo ámbito es mucho más limitado que alguien en el poder ejecutivo de un país.

La verdad verdadera es que sólo hay contrapartidas figurantes con poco o ningún carisma en la oposición política mediatizada y en sus seguidores y eso deja un amplio y largo panorama con un solo nombre en lo sucesivo.

Ante eso los contra sólo juegan a “destruir juego” como en el futbol, sin crear estrategias o planes nación y a la alharaca de TV y periódico, mientras que los Pro ante eso prefieren acomodarse sabroso en algún sillón relegando la iniciativa y el trabajo pesado de la dirección y el mensaje al “Pop Star” mientras que bajo su sombra van tomando medidas “por si acaso” sin lanzarse al fuego verdadero de batirse el todo por el todo bajo su propia etiqueta de “revolucionario” justificándola al menos arremangándose la camisa, haciendo política, dejando huellas, sembrando en profundidad honestidad y conciencia.

Al final me desvié del tema, de los que nombro no todos son así, pero muchos sí. Pero la verdad verdadera es mejor taparla con excusas y cuentos de carretera haciéndonos vernos a nosotros mismos como los correctos del asunto y a nuestras creencias, nuestras convicciones, como lo justo y lo bien visto. En el mejor de los casos, antes de enfrentar la verdad verdadera es preferible echarle el carro a otro y huir por la derecha…o por la izquierda, como usted prefiera.

P.D. Recomiendo este artículo que me conseguí buscando la imagen para este post

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Parafraseando (con su permiso maestro)

1935-2009

¿Que piensa la muchacha…que vamos a engañar la lechuza cantando al morir la aurora entre las piedras del río?

¿Que mañana el sol alumbrando pueblos tristes, espantos y aparecidos, aroma de caña fresca?

Mañana que vas llegando entre las piedras del río fresquita y muda, qué de lágrimas me dice lo bello que hubiera sido

decidme adiós que voy lejos, qué de historias, qué de penas, ya se fue la tarde cansada

y te contará en sus notas, qué tristes, parecen quejas, las cosas que nos perdimos rayito de sol que siento


(Fragmentos de la poesía de Otilio de “Mi Tripón”, “Pueblos Tristes”, “Flor de Mayo” y “Caramba”)

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Mis cuatro monos

Andan conmigo 4 monos, cada uno de ellos con una computadora que sólo tiene instalado Word y Messenger o con una máquina de escribir a la antigua usanza. Ellos teclean todo el día al azar y van generando los twitt (comentarios cortos) que publico en Twitter, algunos escritos son “cosas de monos” pero otros tienen “cierta sustancia” más cercana a la seriedad de esa herramienta. No los dejo escribir en este blog por razones del egoísmo que me caracteriza.
Kinlín es astrólogo, cosmobiólogo y horoscopistólogo. Se graduó en la Universidad Bermeja de Cantarrana. Estuvo un tiempo escribiéndole a un bloguero ruso pero el frío lo trajo de vuelta a esta latitud.

Quintín es musicólogo, le gusta escribir prolijamente de música y sus raíces. Algunas veces hasta parece hacerlo seriamente. Se la pasa todo el día con sus audífonos conectados a sus oídos primates.
Jaramillo es verbólata politólogo, lo cual en cristiano significa “hablador de tonterías sobre política”. Suele escribir en forma política y ortográficamente incorrecta. Pero el corrector de Word resuelve una parte de ese problema.
Rasmussen es poeta y prosista no prosaico. Se extasía con escritos poéticos, romanticismo, rimas y glosas. Redacta según su estado de ánimo y ganó un concurso de cuentos mínimos en San Marino.

A la hora del té ellos escriben sobre cualquier cosa, pero esas son sus preferencias. Así que si alguien piensa catalogarme a mí de escritor insigne o de perfecto sin oficio del oficio de escribir piénselo mejor pues podría tratarse de la letra de alguno de mis monos.