Dago: el perro invencible


Conocí a un perro invencible y tan terco que se negó a morir por su cuenta. La única opción fue dejarlo dormirse un miércoles lluviosamente atravesado, lloroso y difícil de noviembre: le pusimos Dagoberto, pero fue mejor conocido en los flojos fondos de los perros consentidos como Dago.

Antes de ese día visité su casa, en donde convivía con el resto de los viejitos, es decir, con mis padres. Esa vez estaban también ruidosas y alborotadas de visita mi perrita, Mía y la de mi hermano, Victoria y en una de esas, acariciándole el lomo, leí en sus ojos ya tristes de tanto aguantar dolores de perro centenario, que él estaba reconociendo que su tiempo había pasado, que de tanto vivir en esa casa tan rodeado de amores humanos se le había olvidado el tiempo promedio que un perro debe vivir y se había vuelto un Matusalén de cuatro patas.

“¿Ya tu época pasó verdad Daguito?” – le dije, agarrándole su cuello todavía musculoso y el gran perezoso que llegó a nuestras vidas por allá en 1992 me respondía con su mirada sin necesitar, como nunca necesitó, hablar con palabras. Ya él se estaba disolviendo en el tiempo luego de regalarnos tanto cariño, amor de perro, momentos felices, siestas largas en las camas, lamidos de pies y piernas, pocas mordidas, ningún hijo, una gallina espantada con orgullo, ninguna escapada erótica con alguna perrilla de la urbanización o de la playa. Se marchó de aquí puro y casto.

Desde ese perrito dormilón que fue hasta la Gran Sabana en nuestra camioneta hasta el perrón vago que se aplastaba roncando en un rincón de la cocina pasaron 16 años de humano, lo cual en perros son varias décadas. Así que el Dago pasó de los 100 fácil y si se durmió finalmente fue para ahorrarse los dolores de una enfermedad que ya lo tenía tablas en el forcejeo en el que su increíble afición por vivir lo metió.

Perdimos un ser querido, queridísimo. Un hermano tranquilo y fiel. Una compañía silenciosa y cariñosa de lengua generosa. Mi mayor recuerdo es haberme sentido acompañado por él una noche de lluvia y tormenta en Paraguaná, solo en una casa sin luz y con diez mil ruidos. Allí él me acompañó tanto que entendí que era una persona disfrazada de perrito, disimulando su paso por este mundo para dejarnos repletos de amor sin condiciones.

1 comentarios:

AquaJcho dijo...

Ningún perro como Dago. Ninguna persona como Dago!.