Sucedió de esa manera, un tanto casual, un encuentro no planeado con mi otro yo en una esquina húmeda. Llovía a torrentazos. El ruido de la calle sonaba aterciopelado, sordo. Como a través de una cortina de gotas que a la vez fueran de tela. El montón de gente en la boca de la estación del metro servía de tapón para evitar que los secos de adentro salieran a mojarse. Parecían héroes de la sequedad. Por allí pasé distraído, pensando más en el destino de ese día que en el umbral heroico que dejaba atrás.
De una alcantarilla salía humo cual un efecto de video clip musical. En realidad toda mi visión ese día estaba enfocada a esa zona entre las rodillas y el piso. Si subía la cara el agua me cegaba así que caminaba cabizbajo y achinado. Así aprendí el dolor de una púa de paraguas encajada inesperadamente en mi sien. Descubrí de qué color se ponen los zapatos cuando el agua los acosa y los alcanza. La mejor marca de calzado o la peor, todas con el mismo color triste, desabrido, de hollín de calle con cántaros de agua de ciudad, mezclado con aceite y gasolina arrojados hábilmente por los carros sin freno que infestan la ciudad. A esos los conozco muy bien.
En medio de esa emulsión de líquidos, emociones y colores se ocultó un hueco. Ese hueco en donde caería hasta la pantorrilla. Luego me pareció un hueco con dientes. Dientudo. Hiriente. Desgarrador. Cómo mi grito. El pantalón hecho tiras y el tobillo torcido más allá de lo decentemente permitido. Por fortuna salvé la rodilla soltando todo lo que traía: un libro viejo, un morral, un paraguas, posando las manos firmemente en el pavimento, manchándome de tubo de escape, de suelas, de escupitajos, de sudores, de polvo aguado.
Allí en ese instante, durante esos primeros segundos en los que nadie, ni tú mismo, saben lo que ha pasado fue cuando apareció. Él. Eso. Mi otro yo. Me observó con ojos de malicia, tensos como en espera de una reacción, amargados a la vez. Allí mismo maldije al mundo por no poder salir de aquellos dientes traidores para ir hasta ese yo, me revolví de la rabia e insulté a todo cuanto se me ocurrió insultar. Quedé ronco, a una distancia impotente de los héroes de la estación, o de la alcantarilla humeante, o del paraguas puntiagudo.
Luego esperé que el dolor se calmara (como si alguna vez esos dolores se calmaran) Ese otro Yo se difuminó en medio de una nueva pared de agua y mis intentos por salir lentamente, mirando sombrío la acera y más allá a los habitantes indolentes que se reproducen cuando llueve.
Esto ya me había pasado antes, en aquella otra avenida, más allá del parque. Recuerdo vagamente que la reacción de la gente fue más o menos la misma. Me miraban como a un loco enfurecido, sucio igual que sus zapatos y decían lo mismo que esta vez “ese es el vago que ronda por aquí, hablando solo y con un libro que nunca lee”
De una alcantarilla salía humo cual un efecto de video clip musical. En realidad toda mi visión ese día estaba enfocada a esa zona entre las rodillas y el piso. Si subía la cara el agua me cegaba así que caminaba cabizbajo y achinado. Así aprendí el dolor de una púa de paraguas encajada inesperadamente en mi sien. Descubrí de qué color se ponen los zapatos cuando el agua los acosa y los alcanza. La mejor marca de calzado o la peor, todas con el mismo color triste, desabrido, de hollín de calle con cántaros de agua de ciudad, mezclado con aceite y gasolina arrojados hábilmente por los carros sin freno que infestan la ciudad. A esos los conozco muy bien.

En medio de esa emulsión de líquidos, emociones y colores se ocultó un hueco. Ese hueco en donde caería hasta la pantorrilla. Luego me pareció un hueco con dientes. Dientudo. Hiriente. Desgarrador. Cómo mi grito. El pantalón hecho tiras y el tobillo torcido más allá de lo decentemente permitido. Por fortuna salvé la rodilla soltando todo lo que traía: un libro viejo, un morral, un paraguas, posando las manos firmemente en el pavimento, manchándome de tubo de escape, de suelas, de escupitajos, de sudores, de polvo aguado.
Allí en ese instante, durante esos primeros segundos en los que nadie, ni tú mismo, saben lo que ha pasado fue cuando apareció. Él. Eso. Mi otro yo. Me observó con ojos de malicia, tensos como en espera de una reacción, amargados a la vez. Allí mismo maldije al mundo por no poder salir de aquellos dientes traidores para ir hasta ese yo, me revolví de la rabia e insulté a todo cuanto se me ocurrió insultar. Quedé ronco, a una distancia impotente de los héroes de la estación, o de la alcantarilla humeante, o del paraguas puntiagudo.
Luego esperé que el dolor se calmara (como si alguna vez esos dolores se calmaran) Ese otro Yo se difuminó en medio de una nueva pared de agua y mis intentos por salir lentamente, mirando sombrío la acera y más allá a los habitantes indolentes que se reproducen cuando llueve.
Esto ya me había pasado antes, en aquella otra avenida, más allá del parque. Recuerdo vagamente que la reacción de la gente fue más o menos la misma. Me miraban como a un loco enfurecido, sucio igual que sus zapatos y decían lo mismo que esta vez “ese es el vago que ronda por aquí, hablando solo y con un libro que nunca lee”







12 comentarios:
Qué bueno eres para estos relatos, queda la duda, queda la fantasía, me transporto y casi escucho música disonante...un abrazo!
excelente relato.. tipo deja vu
Me encantó el relato, y si, si es verdad, todos tenemos un "otro yo" dormido por allí que a veces se levanta de mala manera. Bizarro...
Un barazo!
¡No juegue Petru! ¡a mi no me vengas después a preguntar cómo carrizo se hace para...! ¡Amigo por Dios! Más que un relato es una melodía. Lo viví pues, estuve allí.
Un abrazo admirado,
HOLA POR PRIMERA VEZ EN TU CASA,ME LLAMO LA ATENCIÓN EL RELATO Y NO SE ,SI ES BUENO QUE TU OTRO YO HAYA VIVIDO ESA EXPERIENCIA SUBRREALISTA......SALUDOS
Hola!... tiempo sin pasar por aqui... muy bueno tu relato... Saludos colega!
Te he leido en los comentarios que le haces a la encantadora Naky, hoy me decidí a pasar por acá y me encuentro con una historia que atrapa y unas letras ordenadas de tal manera que me harán regresar siempre.
Encantado de saberme poseedor de un nuevo favorito.
Saludos desde Guanare :-)
Excelente tu relato. De verdad que atrapa y se siente uno como mojado. Definitivamente, está de concurso.
Muchas gracias a todos por sus comentarios y sus visitas
Marianne: me gusta que pongas en una misma frase juntas las palabras: duda, fantasía, transporte, música y abrazo Guao!!!
Metafórica: Uff y cuantas veces no nos da esa sensacíón cuando nos llueve encima en la ciudad
Flaca: a veces hay más de un "yo" un barazo para ti también ;o)
Naky: No me regañes!!, dame letra que en eso eres maestra!
Eddy: gracias por tu 1era visita, quizá no sea bueno o malo sino inevitable...
Miguel: Saludos mi pana, nos vemos de nuevo!!
3rn3st0: Muchas gracias amigo por tus palabras, siempre bienvenido aquí para compartir letras y sonidos
Alfredo: Profesor!!, muchas gracias vale. A lo mejor algún día se hace un concurso en este mundo bloguero y competencia hay muchísima!!
Saludos a todos!!!
petrusco, que buen relato.. me llevaste a ese lugar, pude ssentir en mis pies la poesia amarga de la otra cara de la lluvia (ese que esta oculta tras la que nos gusta, sabes? en casa con un sueter inmenso que te llega a las rodillas, medias y la inolvidable taza de cafe humeante y recien cola´o), esa cara monstruosa salida de una nota de droga alucinogena que tiene la lluvia cuando nos agarra en la calle, o la que nos recuerda que tenemos goteras..:s
un besote petrusco, nos vemos pronto..
nota: (porque se que es posible)no dejes que los acontecimientos locos que nos rodean en el dia a dia te saquen de tu casilla..
porque te quiero..
Ok, muy bueno, pero entonces? te rompiste el tobillo? te fracturaste la rodilla? te clavaste algún vidrio?? o sea qué pasó???
De cualquier manera realmente espero que estés bien
Un abrazote
:-)
Guao¡ esto me gusto y mucho¡¡
Me senti mojada, me dolio la caida, casi insulto y casi lloro por el libro humedo.
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