El lunes me puse la gorra de los
Leones del Caracas, salí a la calle, la panadería, el Metro y sólo fui un
caraquista más, casi desapercibido en la multitud caraqueña.
El martes decidí ponerme la gorra
tricolor con las ocho estrellas y en una calle unos me vieron sonreídos, me
dijeron que “les gustaba”, me aplaudieron, me abrazaron. En la siguiente cuadra
otros me vieron con sospecha, me despreciaron, se burlaron de mí, me llamaron vende
patria.
El miércoles me puse la gorra de
los Navegantes del Magallanes, fui a dar una vuelta, algunos caraquistas
vecinos me vieron raro por cambiar de equipo tan repentinamente, pero para el
resto de la gente no fui más que un magallanero caminando por ahí.
El jueves me puse la gorra roja
con una estrella enfrente, al cruzar la avenida unos me llamaron camarada, me
dieron palmadas en la espalda, me sonrieron, me tiraron besos. Al llegar a la
acera otros me vieron con asco, se burlaron, me despreciaron sin conocerme, me
llamaron marginal.
El viernes salí sin vestirme para
el abasto, pero entonces la gente huyó corriendo por encontrarse con mis desnudeces
sin telas de colores, sin bordados, sin la estupidez humana que le confiere
propiedades a la ropa, al símbolo, sin tomar en cuenta a la persona.
El sábado no salí de casa. Me
puse a ver por televisión gente que salía vestida con gorras del Caracas, del Magallanes, Tricolores o
Rojas. Pero también salía gente sin gorras de equipos, sin
colores de gorras, sin símbolo político. Me asombraron.
El domingo me puse una gorra
genérica, toda mi ropa genérica, y salí a la calle a caminar lo más lejos
posible y sólo fui un venezolano más, con las mismas ideas de siempre, los
mismos amores, las mismas querellas. Conocidas para los míos, mis amigos, mis
afectos, pero desconocidas para todos esos que, cuando usé ropa de un color u
otro, creyeron saber quién era yo y pretendieron quererme u odiarme.
Mi mayor admiración siempre hacia
quienes, teniendo una firme preferencia política, no necesitan prendas ni
símbolos para demostrarla.
Que no te obligues a usar una
prenda de vestir determinada para sentirte aceptado y además aceptar a otros,
es algo digno de admirar.
Que no te sientas obligado a
quitártela para no recibir, abierta o
soterradamente, el rechazo, sería aún mucho más maravilloso.
Lo que demuestra son las ideas,
las actitudes, el respeto y los argumentos. No es la ropa, ni el símbolo.
La decisión es tuya.